AHORA NO

¡Qué buen despertar!

Hahaha

muaaaahahahahahaha

Los ángeles muertos (Alberti)

Buscad, buscadlos:
en el insomnio de las cañerías olvidadas,
en los cauces interrumpidos por el silencio de las basuras.
No lejos de los charcos incapaces de guardar una nube,
unos ojos perdidos,
una sortija rota
o una estrella pisoteada.
Porque yo los he visto:
en esos escombros momentáneos que aparecen en las neblinas.
Porque yo los he tocado:
en el destierro de un ladrillo difunto,
venido a la nada desde una torre o un carro.
Nunca más allá de las chimeneas que se derrumban,
ni de esas hojas tenaces que se estampan en los zapatos.
En todo esto (…)

No (Nora Austen)

Ya no quiero. Ya todo es muy cansino. Me agoto.
No quiero sentir nada, muero.
Caigo en un sueño profundo, y ya no hay más.
¡Qué idea más seductora! Aquella de dormirse, y soñar que no se es. Porque el corazón se me rehabilitó pero el alma está rota; y como ésta debe recorrer largos caminos desérticos para recomponerse y curarse, entonces se quedará así.
Qué expresiones más sinceras. Qué explicación tan innovadora y eficaz en ninguna parte.
No se busca más. Ahí está, en el banco. Sólo hay que dar un paso.
Hay anhelo por descansar. De dejar el cerebro encima de la cama y taparlo bien para que no coja frío, y acostarse en la de al lado.
¡Qué mala impresión cuando se ve a un muerto, qué sensación más vacía! Pero el muerto no se ve a sí mismo…
Ya no quiero. Ya todo es muy cansino. Me agoto.

Los pueblerinos (Nora Austen)

Había una vez un vicio incontenible que traía de cabeza a los aplicadores de justicia. “Creo que estoy empezando a volver a vivir, ¡oh, no, azótame!” Y para que se aprendiera la lección no había nada que hacer, salvo cumplir su voluntad a rajatabla. Para que se le fueran todos aquellos pájaros de la cabeza. ” Si digo que tras algo bello hay otra cosa má bella todavía, pateadme el estómago” Y así se hacía. Los justicieros con sus túnicas y sus mitras púrpuras no tenían más remedio aun partiéndoseles el corazón, pues había que aprender. Estaba claro que no cabía otra razón posible dentro de la realdiad.

Da mi basia mille (quoniam eum me indigere cognoscis) (Nora Austen)

Dábanse cuenta sin cesar las
pláticas resonantes de las alegorías,
de que la futura imagen
se basaría fuese cual fuese en ello.
Que la lluvia celeste
no cesaría, o bien
que comenzaría a ennegrecer.
Una de dos.
Pero las maderas crujieron y el
tiempo calló, más allá
de lo humanamente entendible,
y se volvió obsoleto y cotidiano.
Y los días blancos, las nubes oscuras,
la piel sin relleno, las mareas bajas.
Las flores transeúntes, las
magnolias invisibles.
Los balanceos impomposos.
El dolor fresco y soportable…
Pero, sin embargo, callaron.

Viaje en Autobús en forma de polisíndeton (Nora Austen)

¡Argh! ¡No! ¡Dios!
Cómo me odio por ser así
¿Qué hago yo aquí?
Que me sorprendo
y tengo ganas de saltar
y de moverme,
y luego eso desaparece
y va contra mí.
Y cuando parece apaciguarse,
vuelve a tomar velocidad,
bajo el hastío novedoso
que entristece.
¿No ves que estoy creando?
¡Déjame en paz!
Que yo no te consigo nada
y, sometido al peso
de la infragancia, el frenar
y la claridad salen
cada vez, menos tímidamente.
¿Y eso? Sólo porque tengo
ganas, porque no corre,
no brilla, no se mueve.
¡Ahora no se puede estar atento!
Porque hay que estirar
músculos y huesos,
porque me siento mal.

Sueño de una noche de Febrero (Nora Austen)

Cada uno empieza por donde termina,
y hoy toca recordar
cuando la piel era suave y la mirada tierna,
lo que da cabida al leitmotiv y a un bonito sueño.
Justo antes de partirse la noche en dos
yo iba como por barrios del 14 de julio
con gente a deshoras, con calles iluminadas,
y el olor y las ínfimas cantidades junto a mí.
Traspapelando las baldosas del suelo seco
andaba, y andaba.
La lana parecía azul y las cornisas bajas.
Me hice sentarme en unos escalones
preparados para el público nocturno,
para los fuegos artificiales y el color oro.
Las calles volvían a ser el pueblo que
jamás fueron.
Y yo aceptaba con sonrisa, con mis brazos abiertos,
y con el izquierdo me aferraba
a lo que el susto casi se lleva por delante.
Al frente estaba todo,
ensimismado y poético,
y las farolas no faltaban, y el
cielo acabó siendo azul
como el terciopelo.
Pero vi al final de la escalinata
lo vulgar que puede ser la vida,
todo lo blasfemo, impuro,
lo inadmisible dentro de lo visceral,
y el repugnante mundo.

(La gran mentira de la felicidad existe para ocultar que vida e infierno bebieron de la misma placenta)

Jardines lejanos (fragmento, Juan Ramón Jiménez)

(…) ¡Y quiero ser otro, y quiero
tener corazón, y brazos
infinitos, y sonrisas
inmensas, para los llantos,
aquellos que dieron lágrimas
por mi culpa!… Pero, ¿acaso
puede hablar de sus rosales
un corazón sepulcrado?

_ ¡Corazón, estás bien muerto!
¡Mañana es tu aniversario!

Los trapos sucios (Nora Austen)

La niña quería jugar pero ya no juega. Sus trapos se han roto, se han caído, han sido presas del tiempo. ¿Y tú te crees que eso me importa? No, la verdad es que no lo creo, pero ya apenas uso nexos, y eso me jode. La figura está sentada en el suelo, con la pelvis abierta (¿Abierta? Sí, abierta) y las rodillas en perpendicular. El suelo gris refleja la sombra del baúl lleno de polvo verde con los trozos de tela colgando por ahí. Las manos entre las rodillas y el cuerpo. Qué sol que entra, qué realismo, qué poca consideración con las mentes inocentes e inmaduras. Ya sólo hay cortinas. ¡Ay, cielo! No quiero volverme como Machado, añorando lo que nunca jamás caerá en mis manos (otra vez). No quiero a Dios, quiero a ese sol que entra y ciega la habitación, ¡qué descaro tan infinito! Qué dolor de estómago.
La niña aparece y desaparece tras las lánguidas pieles que cuelgan de más arriba que las persianas. La niña está inestable emocionalmente. Sus trapos se han roto. El dorado y el lila, sobre todo, que se los encontró así por la mañana.

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