Los trapos sucios (Nora Austen)

La niña quería jugar pero ya no juega. Sus trapos se han roto, se han caído, han sido presas del tiempo. ¿Y tú te crees que eso me importa? No, la verdad es que no lo creo, pero ya apenas uso nexos, y eso me jode. La figura está sentada en el suelo, con la pelvis abierta (¿Abierta? Sí, abierta) y las rodillas en perpendicular. El suelo gris refleja la sombra del baúl lleno de polvo verde con los trozos de tela colgando por ahí. Las manos entre las rodillas y el cuerpo. Qué sol que entra, qué realismo, qué poca consideración con las mentes inocentes e inmaduras. Ya sólo hay cortinas. ¡Ay, cielo! No quiero volverme como Machado, añorando lo que nunca jamás caerá en mis manos (otra vez). No quiero a Dios, quiero a ese sol que entra y ciega la habitación, ¡qué descaro tan infinito! Qué dolor de estómago.
La niña aparece y desaparece tras las lánguidas pieles que cuelgan de más arriba que las persianas. La niña está inestable emocionalmente. Sus trapos se han roto. El dorado y el lila, sobre todo, que se los encontró así por la mañana.

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