Cada uno empieza por donde termina,
y hoy toca recordar
cuando la piel era suave y la mirada tierna,
lo que da cabida al leitmotiv y a un bonito sueño.
Justo antes de partirse la noche en dos
yo iba como por barrios del 14 de julio
con gente a deshoras, con calles iluminadas,
y el olor y las ínfimas cantidades junto a mí.
Traspapelando las baldosas del suelo seco
andaba, y andaba.
La lana parecía azul y las cornisas bajas.
Me hice sentarme en unos escalones
preparados para el público nocturno,
para los fuegos artificiales y el color oro.
Las calles volvían a ser el pueblo que
jamás fueron.
Y yo aceptaba con sonrisa, con mis brazos abiertos,
y con el izquierdo me aferraba
a lo que el susto casi se lleva por delante.
Al frente estaba todo,
ensimismado y poético,
y las farolas no faltaban, y el
cielo acabó siendo azul
como el terciopelo.
Pero vi al final de la escalinata
lo vulgar que puede ser la vida,
todo lo blasfemo, impuro,
lo inadmisible dentro de lo visceral,
y el repugnante mundo.
(La gran mentira de la felicidad existe para ocultar que vida e infierno bebieron de la misma placenta)
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