Da mi basia mille (quoniam eum me indigere cognoscis) (Nora Austen)

Dábanse cuenta sin cesar las
pláticas resonantes de las alegorías,
de que la futura imagen
se basaría fuese cual fuese en ello.
Que la lluvia celeste
no cesaría, o bien
que comenzaría a ennegrecer.
Una de dos.
Pero las maderas crujieron y el
tiempo calló, más allá
de lo humanamente entendible,
y se volvió obsoleto y cotidiano.
Y los días blancos, las nubes oscuras,
la piel sin relleno, las mareas bajas.
Las flores transeúntes, las
magnolias invisibles.
Los balanceos impomposos.
El dolor fresco y soportable…
Pero, sin embargo, callaron.

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