Dábanse cuenta sin cesar las
pláticas resonantes de las alegorías,
de que la futura imagen
se basaría fuese cual fuese en ello.
Que la lluvia celeste
no cesaría, o bien
que comenzaría a ennegrecer.
Una de dos.
Pero las maderas crujieron y el
tiempo calló, más allá
de lo humanamente entendible,
y se volvió obsoleto y cotidiano.
Y los días blancos, las nubes oscuras,
la piel sin relleno, las mareas bajas.
Las flores transeúntes, las
magnolias invisibles.
Los balanceos impomposos.
El dolor fresco y soportable…
Pero, sin embargo, callaron.
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